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Cuando queremos saber si la tortilla de patatas lleva o no cebolla, se lo preguntamos a Google. Y si Google quiere saber algo de ti, solo ha de consultar su base de datos.

Gracias al cruce de información entre nuestras direcciones de correo, el historial de búsquedas y la documentación recogida mediante sus aplicaciones, el gigante de Internet puede trazar un retrato robot sumamente preciso de cada uno de sus usuarios, pero no es la única compañía.

Como Google, incontables empresas, algunas de rabiosa actualidad, otras totalmente desconocidas, captan reseñas personales que habitualmente son utilizadas para colocar publicidad más efectiva. El escándalo de Facebook y Cambridge Analytica es hoy en día el más mediático, aunque posiblemente se trate de la punta del iceberg.

¿Podemos hacer algo para evitarlo? En cierta medida. Realmente nosotros somos los últimos responsables de la información que publicamos en Internet o cedemos a terceras empresas. En cualquier caso, antes de eso tal vez debamos familiarizarnos con algunos conceptos y casos.

¿Qué es el rastro digital?

El asunto clave en todo esto reside en lo que conocemos como rastro digital. De forma muy simple, podríamos definirlo como el reguero de referencias personales que vamos dejando por la Red durante nuestras interacciones en Twitter, Facebook, Instagram… o incluso publicando nuestro currículum.

Este rastro digital puede ser más o menos visible. Y, en función de las aplicaciones que utilices, se puede compartir parcialmente entre distintas compañías para sacar un beneficio económico.

El rastro digital va más allá de aquellos datos que podemos encontrar fácilmente buscando nuestro nombre en Google. Ahora mismo, las redes sociales se han convertido en un medio estupendo para saber todo lo que hace falta sobre una persona, algo que está siendo explotado por firmas como Facebook, pero también por sus socios.

Dos ejemplos prácticos: Facebook y Twitter

De todos los casos imaginables, Facebook posiblemente sea el más ejemplar a la hora de conocer todo lo que puede saber una compañía de Internet acerca de nosotros. También es un buen ejemplo de empresa que no pone las cosas fáciles para que sepamos la clase de información que obra en su poder.

Es necesario tener en cuenta que todas las publicaciones que ponemos en Facebook son cotejadas por la compañía, extrayendo valiosos datos de las mismas.

Asumiendo que hayas rellenado todo tu perfil, Facebook sabe dónde estudiaste, dónde trabajas, cuáles son tus intereses y de dónde son tus amigos. De hecho, posiblemente ya sabe todo esto aunque no se lo hayas dicho.

El problema es que la empresa de Zuckerberg no ayuda mucho a la hora de descubrir qué almacena sobre nosotros; ni siquiera el centro de privacidad resulta intuitivo. Lo mejor que podemos hacer es descargar el archivo de privacidad personal y… sorprendernos al ser conscientes de todo lo que Facebook sabe de uno.

Twitter, por su parte, ofrece unos controles de privacidad sensiblemente más transparentes. No obstante, nuestra actividad también está fuertemente monitorizada. Por ejemplo, el pajarito azul conoce a qué horas tuiteamos con mayor asiduidad, dónde se concentran sus usuarios mediante el GPS del móvil y cuántos contactos comparten a través del acceso a las listas de seguidores.

El asunto de los contactos, en concreto, es particularmente interesante. La aplicación para móviles se conecta a nuestro listín telefónico para sugerirnos amistades; pero, lo que es más importante: envía sus datos a los servidores de Twitter y los indexa.

Haz la prueba. Entra en tu perfil de Twitter y, en la sección “Encontrar amigos”, busca los contactos sugeridos.

¿Recuerdas haber introducido esos nombres, emails y números en tu perfil? Nosotros tampoco. Pero cuando quisimos instalar la aplicación dijimos que aceptábamos las condiciones y así pasó lo que pasó.

La cuestión es que ni Twitter ni Facebook son las únicas empresas que llevan a cabo este tipo de prácticas. Otro ejemplo clarísimo es el de Spotify, que ocasionalmente colabora con otras compañías para llevar a cabo campañas de promoción de artistas. ¿Y qué pasa cuando le das al botón de aceptar? Pues que sin darte cuenta, estás aceptando esto:

Como decíamos, solo estamos viendo la punta del iceberg.

¿Qué puede hacer una compañía con mi huella digital?

Todo lo que te puedas imaginar. Y algo más. ¿Eres de los que prefiere no señalar tus estudios en Facebook? No importa, es posible que tus amigos te etiqueten en una cena de antiguos alumnos; el software de análisis de Facebook solo tendrá que cruzar datos para imaginar que posiblemente todas esas personas compartieron clase y tal vez hasta ciudad de residencia.

Un ejemplo tal vez más perturbador sería la capacidad para analizar información granular como fechas, localizaciones y situaciones. Imaginemos que no decimos en nuestro perfil de Facebook si estamos solteros o tenemos una relación. Sin embargo, un día concreto de todos los años nos encontramos en un restaurante (que hemos marcado con su dirección GPS, cómo no) acompañados de otra persona. Facebook no tendría que trabajar mucho para imaginarse que “ahí hay tomate”.

Asimismo, dependiendo de las interacciones con nuestro acompañante en Facebook (felicitaciones, fotos compartidas, reacciones…) hasta sería posible adivinar quién es nuestra pareja.

Nuestro rastro digital, público o privado, también nos permite generar perfiles socioeconómicos sumamente precisos. Por ejemplo, Amazon sabe qué productos compramos, a qué precios y cuándo. Y, si utilizas su aplicación móvil, también tiene acceso a tu GPS e incluso a tu lista de contactos.

Si Jeff Bezos quisiera, solo con estos datos podría adivinar con bastante precisión tus gustos, el barrio en el que vives y tu situación económica mucho mejor de lo que te imaginas. Solo hay que tirar del hilo que amablemente hemos dejado.

¿Y qué puedes hacer tú para proteger tu presencia en Internet?

Nicholas Negroponte lo advirtió mucho antes de que Facebook se hiciera conocido: la privacidad no es un problema, porque la privacidad ha dejado de existir. Con esto dicho, todavía podemos dar una serie de pasos para reducir nuestra huella digital.

Desde hace tres años los ciudadanos de la Unión Europea están amparados por el derecho al olvido. Esto significa que podemos solicitar a Google que elimine todos nuestros datos de los resultados de sus búsquedas, una petición que es habitualmente utilizada para proteger a menores y víctimas de acoso.

Cerca del 50% de estas peticiones son aceptadas, una vez que se examinan para evitar el mal uso del sistema.

Por otro lado, también hay aplicaciones que nos ayudan a mejorar nuestra privacidad en la Red. Disconnect.me encamina el tráfico de nuestra conexión de datos móvil a través de una VPN y la enmascara para evitar que sea recogida fácilmente, al tiempo que bloquea la instalación de programas de seguimiento. Abine, por su parte, crea tarjetas de usar y tirar para realizar pagos electrónicos.

No obstante, en ocasiones el problema reside en que no sabemos qué información estamos compartiendo alegremente. En ese caso, deberíamos dirigirnos a la configuración de las aplicaciones que usemos habitualmente y, sobre todo, vigilar los permisos que damos cuando las instalamos. Si el problema está en que no hay forma de ver qué datos de Facebook están visibles en Internet, StalkScan te sorprenderá mostrándote toda la información pública de tu cuenta.

Además de todo esto, tenemos la posibilidad de instalar extensiones de navegador como Ghostery, que convierte en anónimos los datos de navegación.

Sea como sea, el mayor desafío a la hora de controlar nuestra privacidad reside en prestar atención a lo que hacemos en Internet y las aplicaciones que descargamos. ¿Alguna vez te has preguntado por qué esa aplicación de linterna para el móvil te pide acceder a la lista de contactos y el GPS? Si no es así, tal vez vaya siendo hora de que prestes más atención a las apps que te descargas.